Coquetear con una ciudad

Palidece, llora frío, se humedece. Por estos lares las ciudades no padecen de temporales como estos con frecuencia. Es extraño, parece que en once horas de viaje hemos arrastrado las nubes grises hasta aquí. La gente es fuerte, sociable, cálida como estas tierras y muy humilde. Sus tonos de voces poseen una musicalidad agradable -en ocasiones divertidas- para quienes estamos acostumbrados a la omisión de otras letras, el atropellamiento de otros sonidos. Alguien confiesa que los holguineros son cubanos con acento argentino.

Nada los detiene. La tarde resulta cómoda para escalar los 458 escalones de la Loma de la Cruz. A fin de cuentas es mejor enamorar en la cima, cerca de las nubes y con la ciudad a los pies. Ver cómo alguien a tu lado sube corriendo, se detiene a hacer abdominales y sigue su paso, mientras tú llenas de aire los pulmones, descansas dos, tres veces, las que sean necesarias. Por algo el papa Francisco bendijo este lugar maravilloso.

Todavía destrozan las imágenes colgadas en una pared que muestran el llanto de un pueblo que despide a su líder. Un parque reúne personas que miran fijamente a una pantalla, sonríen, lloran, se emocionan, son los efectos secundarios de la zona wifi. En un costado, frente a la catedral, una estatua de Juan Pablo II parece bendecir a unos hombrecillos que pregonan una ruta y pedalean hacia ella transportando personas. Son bicitaxis, una modalidad de transporte público emanada de la creatividad y la necesidad del hombre, específicamente, del cubano.

En un boulevard un hombre sin brazos me detiene, quiere regalarme una lambada al estilo de músico callejero. Logra poner mi “piel de gallina”, me saca unos aplausos y yo a él unas fotos. Una señora vende jabas en la puerta de un café, otro rebusca en sus bolsos la esperanza, la compañía. Aquí todos son indispensables personajes de lo real maravilloso.

Todos caminamos, coqueteamos con esta ciudad, la acariciamos con el lente, saboreamos su olor, queremos llevarlo en los pulmones de regreso a nuestras ciudades de origen. Los dedos saltan sobre el teclado, letras se disipan en el papel en blanco.

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